Retrolisiada namber guan

Hola, hace mucho que no escribo, lo sé. Pero ha sido porque el Karma ha decidido IMG_20150727_233422dejarme inválida dos semanas.

Vale, sí, no se necesita la rodilla para escribir, pero mi ira interna estas semanas ha sido tal que he preferido centrarla en hacer manualidades y comer helado de palomitas con caramelo (sí, no sé a qué tipo de mente perturbada se le ocurrió este helado, y sí, lo he comprado), antes que dedicarme a despotricar por internet sobre lo GRACIOSO que es ser una topa 😀

Os voy a contar cómo sucedió todo:

Lugar: un trastero inhóspito de Pozuelo con unas escaleras muy peligrosas, lleno de cajas llenas de mierdas inservibles.

Hora: justo antes de comer, el plan (frustrado, por supuesto), era ir a bañarme a la piscina con mi sobrino el Garbancito y comer en amor y compañía.

Detonante: yo y mi grandísima bocaza, a la que se le ocurrió pronunciar las siguientes palabras: “joe vaya escaleras más peligrosas, aquí te caes y te haces una brecha…”

Dicho y hecho.

Tres minutos después estaba desangrándome en el suelo, mi padre en pleno ataque de pánico, y yo resoplando.

– ¿Te duele mucho?

– No, resoplo porque estoy de MUY mala ostia. JODER.

Pero el periplo no acabó aquí. Tras convencer a mi padre de que con un trapo atado podíamos terminar de cargar las cajas (no había ido hasta allí para nada), nos fuimos a urgencias, donde, aguja introducida en mi pierna (“¿Te pongo anestesia?” “No, no te preocupes soy así de gilipollas”), llegó un niño de 4 años con una espina de pescado en la garganta.

– Ve a sacársela, yo me aguanto.

30 minutos después el doctor volvió a mi pierna sangrante y terminó la faena. Y nada, dos semanas de baja, sin apenas moverme, después, decidí que esto no era suficiente y me quemé, la misma pierna, con el vapor a dos mil grados centígrados de la plancha. Se me va a quedar una rodilla preciosa, oye.

Y hoy, cuando mañana, anhelado día en el que me quitan los puntos, me disponía a ver el capítulo doscientos mil de Malcolm (porque sí, a eso es a lo que me he dedicado dos semanas, a dormir, a engordar, y a ver Malcolm), uno de los puntos ha decidido explotar, dejándome la herida al filo del peligro.

¬¬ Tres puntos colega.

 

Crónicas de emancipación XII: compañeras de piso

Mi compañera de piso y yo somos muy amigas. La verdad es que nos parecemos mucho. Tenemos horarios raros, y brotes psicóticos conjuntos.

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Las dos amamos el atún e invadimos lo justo el espacio de la otra.
A veces me la lía un poco, muerde los cables….o me intenta sacar un ojo.

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Pero bueno, es que nos estamos conociendo. A ella eso de que le pronta una cita a ciegas y le presente a un perro.. No le va demasiado.
Ahora tiene un nuevo compi de juegos gatunos que le enseña como va la cosa.

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La verdad es que por mucho que se quejen mis padres y me llamen loca (aunque eso de haberme visto un tatuaje nuevo a la hora de la comida la verdad es que tp ha ayudado mucho), Llevamos juntas un mes y ya la adoro. Aunque se ponga a arañar las paredes a la una de la mañana.

Besos humanos y gatunos.

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Condicionales nocturnos

Miro a mi gatita rulando por mi habitación, buscando una esquina donde dormir, y las lágrimas ahogan mis ojos. Me gustaría poder presentarsela. Me gustaría poder ver cómo él intenta hacerse su amigo y como ella, al igual que todos los gatos del mundo, intenta sacarle los ojos mientras yo me rio y le acaricio el pelo del pecho a través del cuello de la camiseta y le digo que es un cagon. Me gustaría que se limpiase los pies en mi felpudo y nada más entrar a mi casa me llamase hortera.

Dormir en una cama doble por primera vez sin complicaciones, sin tener que arrastrar colchones ni preocuparnos de dar de comer al perro a la mañana siguiente, o de si alguien por la mañana nos descubrirá remoloneando, esa capacidad en la que teníamos el doctorado.

Que me cocinara fajitas. Sus fajitas, en mi cocina de fuego de la abuela, y viera cómo ya no me da miedo el aceite y cómo soy capaz de cocinar algo decente.

Tirarnos a ver friends e hincharnos a palomitas y, si se nos acaban, enseñarle el ahorramas de enfrente de mi casa donde acabaríamos, miradas cómplices de por medio, comprando aceitunas de camporeal y pipas tijuana.

Me gustaría hacer muchísimas cosas, volver a ser la persona que era a su lado.

Pero entonces levanto la vista de mis manos sobre el alféizar, miro fijamente al muro de enfrente y me doy cuenta de que todo ha cambiado. De que mi realidad ahora es otra, y que los ‘gustaría’ no son más que condicionales incumpibles amparados en un pasado que ya nunca volverá.

Miro de nuevo a mi gatita y me limpio las lágrimas. Ahora somos tu y yo, pequeña, y,  como si me hubiera entendido, se hace pis en una esquina y sale corriendo.

Maldito karma.

¿Es coña?

Caja50_01Domingo, 00:03 de la noche, y no puedo dejar de pensar en la razón que tenía la madre de Forest Gump con eso de que “la vida es como una caja de bombones”.

Un día puede tocarte uno de almendras que haga que te relamas del gusto, o de chocolate blanco, día en que irás cantando por la calle. Pero luego están los días en los que metes la mano en la caja sin prestar atención y te toca uno de licor, que te hace entrecerrar los ojos, cagarte en la puta, y poner la cara de el Fary chupando limones.

Y es que la vida no deja de sorprenderme. Cuando creo que algo no va a pasar, pasa, y cuando ardo en deseos de que algo suceda, los grillos cantan un cri cri y yo me quedo con cara de gilipollas.

No entiendo nada.

Sólo entiendo que durante el transcurso de estos 4 meses en los que mi vida ha dejado de ser lo que era, he aprendido que nada es predecible, que el destino no existe, y que todo depende de las decisiones que tomamos nosotros. De las decisiones que tomas tú mismo.

Las decisiones son múltiples, y el ruido que se genera a su alrededor incesante. Si preguntas opiniones, recibirás mensajes de todos los tipos y fuentes, pero la decisión final la tienes tú. La caja de bombones te pone a prueba, en tus manos está el no ser goloso.

Y una cosa os voy a decir, no sé prácticamente nada de la vida, no soy quien para dar consejos, ni siquiera a mí misma, y en estos momentos estoy con el cerebro caóticamente comprimido por todo lo que se me ha venido encima estas dos semanas con proyectos y sucesos de diverso calibre, pero si hay algo que sé a ciencia cierta,

es que siempre he sido más de salado que de dulce.

HE VUELTO.

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Sí, sé que no me despedí, que chapé a cal y canto con dos canciones de Leiva y llevo dos meses en la inopia y sin dar señales de vida.

Pero creedme, aquí estoy.

Estoy que no estoy, pero estoy.

Vamos, que no me entero ni yo.

De todos modos, en estos dos meses…no me han pasado grandes cosas que contar, aparte de que me ha dejado mi novio, mis “amigos” ya no me hablan, y he adelgazado diez kilos.

Yuju ¬¬ lo he pasado teta estas Navidades, sí.

Pero bueno, tras dos meses llorando por las esquinas he dedidido que a lo mejor, poquito a poco, puedo seguir contándole al mundo mis catástrofes kármicas, que no creáis que no las he tenido.

Sí, hay más que lo que os comentaba por ahí arriba. Partiendo de la base de que me he pasado dos meses (incluídas Nochebuena y Nochevieja) comiendo pavo y bebiendo Aquarius, hasta llegar a que el primer día que me crucé con mi ex me senté apoyando las manos en dos gapos. ¿Que por qué sé que eran gapos? Porque para comprobar qué cojones eran…los olí. Sí, error fatal, casi poto, pero como sólo tenía pavo desintegrado en el estomac, pues ahí me quedé, haciendo ruidos guturales en la estación de tren con todo el mundo mirándome.

También inundé la oficina un día, al más puro estilo Mr. Bean, cuando fui a limpiar la taza de té que había tirado, enganché el abrigo en una garrafa de agua de 10 litros que se cayó y dejó la sala de grabaciones como el río Manzanares. Estuve toda la mañana fregando. Tres puntos colega.

Y luego está el intento de asesinato en el SHOKO, cuando estaba yo tan feliz pegando saltos al ritmo de un grupo de música que no conocía (porque ahora como ando desesperada me apunto hasta a acompañar a mis amigos al dentista) y algo me golpeó con tanta fuerza en la cabeza desde atrás que me empezaron a llorar los ojos. Entre el dolor y que no veía nada, creía que se me había caído una columna encima y la sala se venía abajo. Pero no, era un camarero con una columna de vasos que pesaba veinte kilos y que habían ido a parar a mi cabeza. Como recompensa me llevé un mini de cerveza que no me pude beber y que regalé a mis coleguis, que, como no, estaban partiéndose el ojete.

Y poco más, aquí estoy, pluriempleada y metiéndome en el mundo del famoseo, produciendo una obra, dirigiendo agendas, editando vídeos e intentando sobrevivir a base de pavo y Aquiarius mientras el karma intenta una y otra vez neutralizarme.

¡Ah! ¡Y en dos meses me voy de casa! Proyectazo que es posible que salga mal pero que necesito como agua de mayo. Ya os iré contando, porque seguro que esa aventura da mucho, pero que mucho, para escribir.

Besos de enferma autónoma.

El día en que la lié parda

error-socorrista-provoca-nube-toxicaDejadme que os cuente cómo la lié parda en una piscina, jugando con el cloro de la depuradora. Es una anécdota que, en el momento, no me hizo ni puta gracia, pero ahora que lo pienso, me parece hasta gracioso imaginármela como espectadora.

No. No junté cloro con ácido o, como lo dice nuestra gran amiga –Suzia Eskoria en el Facebook, para todo aquel que quiera encontrarla, y no, no es coña – “cloruro de sodio con ácido clorídrico…” No tuvieron que desalojar la urbanización, y ninguna niña acabó en el médico. La que acabó en el hospital fui yo gracias a mi querido amigo Karma, que, una vez más, debía aburrirse y decidió joderme, ojo, que no digo el día, la semana.

Hace un par de veranos, para variar, trabajaba de socorrista en una de las urbanizaciones de la Avenida de Europa. Estaba ahí al solete, con mis 5 red bulls del día en vena, cuando bajé a rellenar el bidón de cloro.

Para los que nunca han trabajado de socorrista o nunca han tenido que controlar que una piscina se ponga verde, la cosa va básicamente así:

–          Hay un bidón de cloro con muchos tubos tochos que chupan de ahí el cloro y lo meten en la piscina. Este bidón me llegaba a mí por el pecho, para que os hagáis una idea del tamaño.

–          Luego hay dos tipos de garrafas.

o   Garrafas tipo A: azules, con etiqueta en la que pone CLORO, y que son las que, como socorrista, debes usar, únicamente para rellenar el mega bidón cuando se acabe el cloro.

o   Garrafas tipo B: amarillas fosforito, con símbolos de inflamable, de warning, de no-mezcles-el-contenido-de-estas-garrafas-con-el-de-las-otras-o-la-lias-parda.

El caso, que yo bajé a la depuradora, por esa escalerilla que estaba más formada por óxido que por hierro, y, una vez en aquel pequeño, asfixiante y ruidoso agujero, cogí una garrafa de 20 litros de cloro, y empecé a vaciarla en el bidón.

No, ni empezó a salir humo verde, ni a chisporrotear, ni explotó, ni nada de eso (porque soy una buena socorrista y sabía lo que me estaba haciendo). Lo que pasó fue que al depositar de nuevo la garrafa medio llena en el suelo, el líquido rebotó contra el fondo de la garrafa, y una gota saltó directita a mi ojo derecho.

Aquello fue una locura.

Empecé a llorar como si acabara de ver la escena de muerte de Mufasa, me llevé las manos a la cara, empecé a dar vueltas a ciegas. No veía nada, intenté buscar la escalerilla palpando las paredes con un dolor que creía que se me derretía el ojo. Me dolía tanto que no podía abrir el otro.

Llamé a un amigo (lista de mí por llevar pantalón corto y el móvil siempre encima), que vino en cuestión de minutos y me sacó de allí, medio ciega y gritando, y me llevó al médico.

Me había quemado la córnea ¬¬

Me pusieron un parche color carne muy sexy  que hacía que me sudara el párpado cosa mala, y mis amigas estuvieron riéndose de mí una semana. Pero no sólo por el parche, sino porque justo días antes me habían operado de las muelas del juicio. Ya os podéis imaginar el percal. Yo con mis mofletes de Hamtaro y la cara medio morada, y un parche en un ojo.

Sí, Esa semana ligué mucho.